El 21 de septiembre de 1945, un indigente adolescente de 14 años agoniza en una estación de tren. Al morir de inanición, su espíritu empieza a recordar los sucesos anteriores a su muerte. Nos encontramos en el Japón de finales de la Segunda Guerra Mundial; la aviación estadounidense somete las ciudades japonesas a continuos ataques aéreos. En uno de los bombardeos, la ciudad de Köbe se convierte en un infierno humeante para Seita, nuestro protagonista y su hermana pequeña Setsuko, de 5 años, hijos de un oficial de la marina japonesa. Durante la guerra, ambos viven con su madre, pero tras un bombardeo ellos se retrasan y no consiguen llegar al búnker donde los espera. Cuando la buscan, Seita la encuentra muy malherida en la escuela que ha sido convertida en hospital de campaña. Pero cuando poco después su madre muere, los dos hermanos deben alojarse con sus tíos, quienes no los reciben con agrado. Así que los dos hermanos terminarán por irse a vivir por su cuenta a un refugio antiaéreo abandonado. Pero aunque allí pueden vivir con mayor desahogo y sin suponer un estorbo para nadie, las cosas no les van mejor: la comida escasea, no pueden esperar ningún tipo de ayuda; y lo que es peor, los estragos de la desnutrición cada vez son más visibles en la pequeña Satsuko.
Aunque podemos afirmar que se trata de una tendencia cambiante, aún son muchos los espectadores de cine que afirman sin tapujos que el cine de animación (sí, eso que en casa conocemos desde chicos como "dibujitos animados") no deja de ser más que un producto claramente enfocado a un público infantil. Afortunadamente contamos en la industria con artistas dispuestos a hacernos cambiar de opinión golpeándonos en la cara con la mano abierta.
Y es que cuando La Tumba de las Luciérnagas se proyecta en cines lo más que la gente esperaba del cine de animación eran cuentos infantiles o aventuras juveniles (las películas previas del estudio son una buena muestra de ello). Incluso si queremos ahondar más el dedo en la llaga, el filme que nos ocupa se presentó a la par que Mi vecino Totoro, posiblemente una de las más azucaradas de Ghibli. Precisamente fue este estreno doble el que favoreció a la película del duende del bosque dejando de lado a esa extraña película de dibujos que ni siquiera el más fuerte de los adultos podía ver sin que se le encogiera el corazón.
Porque eso es lo que ocurre cuando vemos esta película. Da igual que no seamos cercanos a la animación, o que estemos más que acostumbrados a ver todo lo que puede dar de sí. Este filme te deja con el aliento contenido desde el primer minuto, deseando que llegue un final que en el fondo sabemos que nunca llegará. Precisamente porque la historia la escriben los vencedores, y pocas veces tenemos la ocasión de ver las cosas desde el punto de vista de aquellos que perdieron, independientemente de quién tuviera la culpa en un principio. Y todos sabemos quienes son los primeros en perder siempre en uno y otro bando. Aquellos que son la inocencia personificada: los niños. En un ejercicio de masoquismo, la película nos daña en el corazón una y otra vez. Y lo aguantamos estoicamente porque sabemos que es lo que ocurrió de verdad; y sigue ocurriendo a día de hoy. Y por una extraña razón, no somos capaces de hacer oídos sordos como en otras ocasiones hacemos cuando vemos las noticias. Porque desde el inicio, el valiente Seita y la adorable Satsuko se aferran a nuestro pecho como se aferran el uno al otro por sobrevivir.Y todo con la ternura propia de Studio Ghibli, porque quizás esa sea el plato de la casa: la ternura. Independientemente del corte de la cinta que veamos, el cariño que desprende se nos antoja abrumador.
No, los dibujos animados demuestran ser un medio tan válido como cualquier otro para expresar todo tipo de temas. Inolvidable experiencia tuvo que ser, allá por el 88, poder ver el lado más tierno de Ghibli junto a la experiencia más desgarradora. Y poder salir de esa sala de cine con argumentos desde primera hora para cerrarle la boca al más pintado que dice que los dibujitos son para los niños. Efectivamente tras ver esta película, queda demostrado que son para los más pequeños. Pero para gritar a viva voz y con un estilo digno del mejor de los gustos, que son ellos los más necesitados en las peores situaciones y que muchas veces olvidamos la importancia que hay que darles. No se trata de donde, cuando y en que lado de la pelea se desarrolla la historia. Lo importante son sus protagonistas. Y los protagonistas de en estas situaciones no lucen medallas ni vuelven a casa arropados por el cariño de una nación.
En resumen un peliculón de los pies a la cabeza. Desgraciadamente aún sigue sin el reconocimiento que se merece por ser una película de animación. Una parte de mí cree firmemente que es un filme que todo el mundo tendría que ver al menos una vez en la vida. Pero quizás, no todos estemos preparados para mirar al interior de La Tumba de las Luciérnagas...
Y es que cuando La Tumba de las Luciérnagas se proyecta en cines lo más que la gente esperaba del cine de animación eran cuentos infantiles o aventuras juveniles (las películas previas del estudio son una buena muestra de ello). Incluso si queremos ahondar más el dedo en la llaga, el filme que nos ocupa se presentó a la par que Mi vecino Totoro, posiblemente una de las más azucaradas de Ghibli. Precisamente fue este estreno doble el que favoreció a la película del duende del bosque dejando de lado a esa extraña película de dibujos que ni siquiera el más fuerte de los adultos podía ver sin que se le encogiera el corazón.
Porque eso es lo que ocurre cuando vemos esta película. Da igual que no seamos cercanos a la animación, o que estemos más que acostumbrados a ver todo lo que puede dar de sí. Este filme te deja con el aliento contenido desde el primer minuto, deseando que llegue un final que en el fondo sabemos que nunca llegará. Precisamente porque la historia la escriben los vencedores, y pocas veces tenemos la ocasión de ver las cosas desde el punto de vista de aquellos que perdieron, independientemente de quién tuviera la culpa en un principio. Y todos sabemos quienes son los primeros en perder siempre en uno y otro bando. Aquellos que son la inocencia personificada: los niños. En un ejercicio de masoquismo, la película nos daña en el corazón una y otra vez. Y lo aguantamos estoicamente porque sabemos que es lo que ocurrió de verdad; y sigue ocurriendo a día de hoy. Y por una extraña razón, no somos capaces de hacer oídos sordos como en otras ocasiones hacemos cuando vemos las noticias. Porque desde el inicio, el valiente Seita y la adorable Satsuko se aferran a nuestro pecho como se aferran el uno al otro por sobrevivir.Y todo con la ternura propia de Studio Ghibli, porque quizás esa sea el plato de la casa: la ternura. Independientemente del corte de la cinta que veamos, el cariño que desprende se nos antoja abrumador.
No, los dibujos animados demuestran ser un medio tan válido como cualquier otro para expresar todo tipo de temas. Inolvidable experiencia tuvo que ser, allá por el 88, poder ver el lado más tierno de Ghibli junto a la experiencia más desgarradora. Y poder salir de esa sala de cine con argumentos desde primera hora para cerrarle la boca al más pintado que dice que los dibujitos son para los niños. Efectivamente tras ver esta película, queda demostrado que son para los más pequeños. Pero para gritar a viva voz y con un estilo digno del mejor de los gustos, que son ellos los más necesitados en las peores situaciones y que muchas veces olvidamos la importancia que hay que darles. No se trata de donde, cuando y en que lado de la pelea se desarrolla la historia. Lo importante son sus protagonistas. Y los protagonistas de en estas situaciones no lucen medallas ni vuelven a casa arropados por el cariño de una nación.
En resumen un peliculón de los pies a la cabeza. Desgraciadamente aún sigue sin el reconocimiento que se merece por ser una película de animación. Una parte de mí cree firmemente que es un filme que todo el mundo tendría que ver al menos una vez en la vida. Pero quizás, no todos estemos preparados para mirar al interior de La Tumba de las Luciérnagas...

